Leonardo da Vinci

Por Elizabeth Lev

El Código Da Vinci es un verdadero museo de errores donde el arte del Renacimiento está también involucrado. Los historiadores del arte han tardado en responder, mayormente porque es difícil saber por donde comenzar. Las nociones fantasiosas de iconografía del novelista pueden contribuir a que sea una ficción de gran éxito de ventas, pero están absolutamente en desacuerdo con lo que se conoce acerca de la vida y trabajo de Leonardo.

El Código Da Vinci niega la identidad de Leonardo Da Vinci como un artista Cristiano, que trabajó para patrones Cristianos y pintó sobre temas Cristianos. Ignorando la naturaleza sagrada del trabajo de Leonardo, Brown distorsiona las imágenes, insertándolas dentro de un cuento de mal gusto de su propia creación.

La pequeña reseña del autor acerca de Leonardo displicentemente ignora su nacimiento y entrenamiento, y se sumerge dentro de afirmaciones sin base que dicen que Leonado había “siempre sido un tema extraño entre los historiadores, especialmente en la tradición Cristiana.” Pero Giorgio Vasari, el padre de la historia del arte, que escribió unos pocos años después de la muerte de Leonardo, le da al pintor un lugar de honor dentro de su biografía, Las Vidas de los Artistas (The Lives of the Artists).

La desechable aseveración de que Leonardo fue un “homosexual ostentoso” queda sin fundamento, pero sirve para unir su versión de la historia del artista a las controversias contemporáneas de una forma que simplemente no existía en la Italia del siglo XVI. En cuanto a la representación del artista por Brown como un “adorador del orden divino de la Naturaleza,” deja a los historiadores del arte perplejos. La descabellada imagen de Leonardo como una mezcla entre un científico y un animista no puede ser deducido ni de la vida del artista ni de sus escritos.
El verdadero hecho es que Leonardo vivió una vida Cristiana, enmarcada por su bautismo en la infancia y por los últimos ritos en su muerte en Francia. Él vivió en las cortes donde el rito y adoración Cristiana estuvieron arraigadas profundamente en la vida diaria. Al final de su vida Leonardo dejó a un lado sus experimentos y se dedicó a un mejor entendimiento de las doctrinas de la fe Católica.

El trabajó par varias órdenes religiosas, incluyendo los Dominicanos para quienes el hizo la .magnífica Última Cena. Dan Brown afirma increíblemente que Leonardo tuvo “cientos de comisiones lucrativas del Vaticano. “ En realidad él tuvo solo una, la cual nunca completó.

Las falsas suposiciones de Brown llegaron a ser un trampolín desde el cual él salta a la conclusión que el pintor alimentó un “desprecio por la iglesia”. Esta premisa llega a ser luego la base de las posteriores fantásticas interpretaciones artísticas de Brown.

Brown comienza con la Mona Lisa, reconocida como una de las obras más enigmáticas de Leonardo. La referencia Egipcia de la fertilidad de Brown y el principio masculino / femenino sin embargo, fueron desconocidas en cualquiera de los círculos intelectuales más experimentales del Renacimiento. Tampoco es Leonardo vestido como una mujer, como Brown afirma. La apariencia ligeramente andrógina viene del estilo del siglo XV entre las mujeres de afeitarse las rayas de su pelo detrás y sacarse sus cejas para conseguir una apariencia intelectual.

Para ponerlo simple, Mona Lisa es la pintura de un pintor. La maestría artística que Brown no supo describir es exactamente lo que hace de esta pintura tan extraordinaria. La decisión de Leonardo en quedarse con el lienzo probablemente proviene del darse cuenta que el mercader Florentino que encargó el retrato, Franceso de Giocondo, nunca habría sido capaz de apreciar la complejidad de la obra.

El arte del retrato había prosperado con el surgimiento de Florencia y sus notables ciudadanos. Mientras los príncipes encargaron sus imágenes con un perfil agudo, similar a las monedas imperiales de Roma antigua, los ricos burgueses Florentinos querían retratos que parecieran más realistas. Los artistas renacentistas respondieron rotando la figura tres cuartos hacia el observador e incluyendo las manos y el paisaje para llegar a comprender más la personalidad del modelo.

La Mona Lisa de Leonardo expresa el intento del pintor de revelar al personaje como también la apariencia del modelo. Las preguntas inherentes en la obra, mejor ejemplificadas por el famoso cuestionamiento, “Está sonriendo?” refleja el deseo de Leonardo de capturar no solo la apariencia sino también el espíritu. El uso de esfumato, la técnica de difuminar las esquinas de los ojos y la boca, le dan una expresión misteriosa y de movimiento. Ampliando el enigma, Leonardo pintó la pieza de negro, fugando a la luz donde el quiso, para crear una obra maestra del retrato Renacentista.

Brown comienza su discusión con la Virgen de las Rocas con la errónea afirmación que fue encargada por religiosas. En realidad, fue la hermandad Franciscana de la Inmaculada Concepción que solicitó este trabajo para la iglesia de San Francesco Grande en 1480.

Brown luego procede a confundir a Juan Bautista con Jesús en la pintura, diciendo que Juan “bendecía a Jesús... y Jesús se sometía a su autoridad.” Como cualquier estudiante inicial del arte Cristiano sabe, las pequeña vestiduras de Juan Bautista prefiguran su túnica de piel de camello y él se pone de rodillas en adoración a su Salvador. La descripción de la mano de María como “amenazadora” y sus dedos como “garras de águila” demuestra la falta de apreciación del complicado escorzo tan admirado por los contemporáneos. La única forma en que un observador pudiera llegar a esta conclusión es aplicando la preconcebida idea que Leonardo tiende a subvertir la autoridad.

El apetito de Brown por la profanación alcanza la cima cuando se trata de la más fina obra maestra de Leonardo, la Última Cena. Su ignorancia de los términos más básicos se manifiesta aquí con la definición de la obra como un “fresco”. Tres veces en un solo párrafo Brown nombra mal la técnica usada por Leonardo. Un poco de investigación le hubiera dicho que fue el uso de óleos sobre una pared preparada lo que causó el rápido deterioro de la pintura.

Su absurda teoría que la figura del Apóstol Juan es realmente María Magdalena también se derrumba ante la verdad de los hechos. Pasa por alto la ubicación de la pintura, alegremente afirmando que está en la “pared de Santa María delle Grazie en Milán.” Da la casualidad de que la pintura está en la pared en el refectorio del convento Dominicano anexado a la iglesia, donde los monjes hacían todas sus comidas. Únicamente no sería éste un lugar inadecuado para un arte subversivo, dado que nunca fue visto por el público, también la orden de los Dominicos tuvo la responsabilidad de buscar herejías antes de que se difundan. Únicamente un tonto colosal pintaría una herejía donde los monjes podrían estudiarlo día tras día. Mientras que no hay evidencia que sugiera que Leonardo guardara desprecio a la iglesia, abundan las pruebas de que no era ningún tonto.

Brown también apunta el siguiente problema, el cual nunca responde satisfactoriamente. La pintura muestra trece personas. Si se supone que María Magdalena estaba a la mano derecha de Jesús, eso deja únicamente 11 Apóstoles. ¿Quién falta? ¿Cuál de los doce apóstoles abandonó la Última Cena? El único Apóstol que al final deja la reunión, según el Evangelio, es Judas. Pero Judas se ve claramente dibujado en la pintura de Leonardo, y la escena representada implica al mismo Judas preguntando: “¿Soy yo, Señor?”

Brown se basa en la representación con facciones delicadas y sin barba de Juan para apoyar su fantástica afirmación de que se trata de una mujer. Esta suposición meramente revela la falta de familiaridad de Brown con los “tipos” de las convenciones artísticas del momento. En su Tratado sobre Pintura, el mismo Leonardo explica que cada figura debe ser pintada de acuerdo a su estación y edad. Un hombre sabio tiene ciertas características, una mujer anciana otras, y los niños aún otras.

Un tipo clásico, que es común a muchas pinturas Renacentistas, es el “estudiante.” Un seguidor, un protegido o discípulo favorecido, siempre se representa muy joven, de cabello largo y bien afeitado; con nada de la fisonomía fuerte y determinada de hombres más experimentados, con el fin de mostrar que todavía no ha madurado al punto de que cuestione a su maestro.

A través del Renacimiento, los artistas habitualmente representaron a San Juan en su estilo. Juan es el estudiante confiado que se reclina en el pecho de Jesús, el único Apóstol presente a los pies de la cruz. Una rápida comparación con la “Última Cena” de Ghirlandaio y Andrea del Castagno muestra a un Juan joven y de rasgos suaves.

La explicación de Brown acerca de los símbolos en las pinturas hace hincapié en las formas y letras que Brown encuentra en la escena, como un adivino “encuentra” toda clase de imágenes en las nubes y en las hojas de té. Enfocándose en formas negativas (el espacio vacío al costado de Cristo como una ‘V’ a diferencia del sólido triángulo de Jesús), olvida completamente el punto central. La “M” que Brown ve en Jesús y “Magdalena” ataca a una letra bastante torcida mientras el segundo grupo es más bajo que la imagen de Cristo. Aún si uno fuera a jugar con la desquiciada hermenéutica de Brown, las letras “V y M” parecieran indicar más probablemente a la Virgen María, una figura que Brown estudiosamente evita a lo largo de toda la novela.

Pero mientras tengamos este monumental trabajo en frente de nosotros, tratemos de alcanzar a ver lo que realmente Leonardo quería que nosotros viéramos.

Es Pascua, y Jesús reúne a sus apóstoles para la fiesta. Ellos han estado juntos por tres años, aprendiendo y presenciando los milagros de Cristo. En medio del bullicio y la charla de la cena, Jesús anuncia, “Uno de ustedes me traicionará.” Leonardo captura este momento dramático de la Última Cena. Como una piedra que cae en agua inmóvil, el anuncio envía ondas expansivas alrededor de la mesa.

Jesús se sienta aislado en la mesa distinguido por la ventana rectangular. Su cabeza y sus brazos forman un triángulo, un recordatorio de que el hombre que ves traicionado es también la segunda Persona de la Trinidad. Leonardo separa la imagen de Cristo de los demás de modo que los observadores empiecen a entender la profunda soledad de Cristo mientras Él se prepara para Su Pasión.

Los dos grupos de tres apóstoles a la izquierda y a la derecha de Jesús reaccionan bruscamente, el primer chapoteo dramática después de las palabras de Jesús. Con la maestría de Leonardo, la caballerosidad y belleza de Juan hace un perfecto contraste a las oscurecidas y deformadas características de Judas, el hombre capaz de traicionar a Cristo, y San Pedro con su hirsuta barba y modales agresivos cuando le hace señas a Juan para “preguntar al Maestro quién es” el que Lo traicionará.

El movimiento de Pedro provoca a que Judas se encuentre más cerca del espectador, obligando a uno preguntarse a sí mismo cuál de estos tres apóstoles nos refleja más. ¿Judas el traidor, el impulsivo Pedro que pronto negaría a Cristo, o el confiado Juan, el discípulo fiel? Para la mayoría, la comparación resulta incómoda.

Esta pintura no fue hecha para centrarse en nadie más que en Cristo, una imagen desdeñada por el análisis de Brown. El punto de fuga de la pintura está en Su cabeza. El rostro de Jesús fue el ejercicio más grande en esfumato, la dejó indefinida, sintiéndose indigna de representar al Salvador. Jesús está con la mirada baja meditando. Sus terribles pruebas que vendrán. Con una mano toma el pan que Él compartirá con Su traidor, y la otra Él la extiende con la palma abierta en aceptación de la voluntad Divina. Diariamente, esta imagen desafiante del ejemplo de obediencia de Jesús hace frente a los monjes que hicieron votos para imitarlo.

Al final, el Código Da Vinci es una obra de ficción. El Leonardo de Brown es un personaje inventado, años luz de distancia con el genio Cristiano que logró hacer que la gente sienta como si estuvieran presentes en unos de los más sagrados momentos en la historia. Pero la conscientemente borrosa línea entre la realidad y la ficción ha tenido el desafortunado efecto de hacer que los Cristianos se sientan avergonzados de uno de nuestros más grandes hijos. La belleza perdurable de las obras de Leonardo están íntimamente envueltas con su carácter sagrado, y la profunda cultura Católica que la abraza.