La Divinidad de Cristo
Nueva
Enciclopedia Católica
La divinidad de Cristo es en sentido estricto la
base de la fe Cristiana: con ella se sostiene o cae la
religión que lleva Su nombre. Acerca de este misterio
central este artículo (1) afirma que el significado como es
expresado en el Credo, (2) esboza el crecimiento en el conocimiento de
la Iglesia, de la Escritura al Credo, e (3) indica la
relación de la Misión de Cristo y la
salvación del hombre.
El
significado de la Fe
Cuando la Iglesia
Católica confiesa que Jesucristo es Dios, afirma un misterio
que va más allá de la comprensión del
hombre, pero que conoce definitivamente a lo que se refiere y a lo que
no. Cristo es verdaderamente Dios: Él no es una criatura
divinizada o celestial, como dicen los gnósticos; o el
primero y más grandes de las criaturas de Dios, Palabra de
Dios, como Arrio sostuvo, o un Dios subordinado al Padre, como los
semi-arrianos dijeron. Él no es un hombre adoptado como hijo
de Dios, no importa cuan único y excelente los adopcionistas
quisieron que su adopción fuera.
Él no es un mero hombre, ministro de salvación de
Dios, como los seguidores del Socinianismo y Unitarismo se vieron
obligados a decir. Tampoco es el Jesús de la historia
diferente del Cristo de la fe, un hombre hecho Dios por un proceso de
APOTEOSIS, como los Modernistas y liberales una vez dijeron y los
desmitologizadores del Nuevo Testamento dicen hoy. La Iglesia repudia
todos estos intentos de eludir el misterio, como también se
descarta el parecer de los antiguos modalistas, quienes,
malinterpretando la Trinidad, creyeron que Cristo no es
únicamente consubstancial sino también
idéntico al Padre.
La Iglesia cree que Jesucristo es verdadero Dios,
Hijo de Dios hecho hombre, la Segunda Persona de la Trinidad, quien
tomó una naturaleza humana y por tanto existe no solo en la
naturaleza divina sino también en la humana: una Persona
divina en dos naturalezas. El hombre quien en Su vida terrena fue
conocido como Jesús de Nazaret no fue una persona humana
hecha una, como Nestorio dijo, en una única forma de unidad
moral, con la Persona del Hijo de Dios. Él fue Dios, Hijo
del Padre, hecho hombre para la salvación de los hombres.
La razón y la historia son incapaces de
probar el misterio como un hecho. Los testigos presenciales de la vida
de Cristo vieron el hombre en Jesús pero no vieron a Dios;
vieron solo signos, los milagros, y basándose en ellos
creyeron en el poder divino que Él profesaba. La evidencia
histórica de la vida de Cristo, muerte, y
Resurrección puede hacer Su divinidad razonablemente
aceptable o creíble; no puede probarse con rigor
lógico. Para aceptar la divinidad de Cristo se requiere un
libre asentimiento de fe asistido por la luz de la gracia y justificada
antes que la razón por garantías de su verdad.
Solo así puede uno entrar en el misterio de la divinidad de
Cristo. Ningún maravilloso racionalismo lo puede contradecir
o esforzarse por explicar “racionalmente”
los hechos de
la vida de Cristo y de la historia de la Cristiandad.
Crecimiento de
la fe
El punto de partida de la fe
es la Escritura, el mensaje de Dios para la salvación de los
hombres. Se puede dudar si los escritores del Antiguo Testamento se
imaginaron que el Mesías, el Salvador de los hombres, fue
más que un hombre elegido por el Dios de Israel para la
salvación de Su gente. Aunque ellos supieron
que iba a ser el Hijo de Dios, lleno con Su
séptuplo espíritu (Is 11.1-3). Esta necesidad no
significaba ni podía significar, para los
monoteístas de
Israel, que Él era Dios.
En el Nuevo Testamento, la revelación
de la divinidad de Cristo fue gradual, discreta, y principalmente
indirecta. Uno nunca se encuentra con una afirmación tan
contundente: Cristo es Dios. Tuvo que serlo si aquella fe
iba a tener cabida entre los Judíos El propio
testimonio de Cristo acerca de Él mismo fue
explícito con respecto a Ser el Mesías y en
continuidad con la expectativa del Antiguo Testamento,
aunque rechazó un reino mesiánico
temporal
por uno espiritual mas alto. Con respecto a Su divinidad, Su testimonio
fue más implícito que explícito,
más indirecto que directo. Sus obras y milagros
más que Sus palabras fueron para probar a los hombres que
Él tenía poder divino, incluso en una forma
diferente que otros, que hicieron milagros antes, tenían.
Él quiso sugerir que tuvo el poder para
perdonar pecados a la misma gente que pensaba que Dios exclusivamente
perdona pecados (Mt 9.6).
En el Evangelio de San Juan, el testimonio de
Cristo acerca de Su divinidad es más definitivo, pero
aún aquí más indirecto que claro.
Él nunca dice en muchas palabras, “Yo soy
Dios”, pero dice que Él es uno con el Padre (Jn
10.30), un Hijo de Dios en un sentido único, en un sentido
más que una frase mesiánica. (d. Jn 5.18;
16.25-28; 20.17). Él habla por Sí mismo de las
prerrogativas de la naturaleza divina y confirma esta
afirmación con hechos. Él tiene poder
sobre el
Sábado (Mc 2.28; 3.1-5), poder para dar vida (Jn
10.10), poder para juzgar (Jn 5.27). Todo poder se Le
es dado en el cielo
y en la tierra (Mt 28.18). Él afirma la preexistencia con
Dios Padre desde el principio, antes que Él descendiera a la
tierra (Jn 8.58). Él Afirma por Sí mismo la
unidad en el ser y poder con el Padre y la mutua inmanencia con el
Padre (Jn 14.10). En la religión de los hombres
Él clama un lugar central, el mismo que el de Dios Padre;
para creer en Él y permanecer en Él significa
creer y habitar en Dios (d. Jn 15.7-8). De este modo en palabra y obra
Jesús testificó que Él era el Hijo del
Padre igual que Él en divinidad. Cuán escandaloso
esto fue
para los oídos de los Judíos es patente en su
reacción. Ellos entendieron Su testimonio en la forma que
Él quería y Lo acusaron de blasfemia. Tampoco los
discípulos lo entendieron de otra forma, pero creyeron.
La Iglesia de los tiempos apostólicos
compartió la fe de los testigos oculares de la vida de
Cristo, muerte y Resurrección. Los mismos títulos
de Yavé y Sus atributos fueron dados a Cristo,
Señor de todo, y no solamente de Mesías (d. Jn
20.28; He 10.36). Las doxologías que fueron hechas para
dirigirse a Dios solo fueron dirigidas también a Cristo (cf.
Rom 16.27). San Pablo es un testigo de la fe en la preexistencia de
Cristo como el eterno Hijo de Dios, participando en la naturaleza
divina, aunque apareciendo entre los hombres en la forma de un esclavo
(Fil 2.6). Si Él no Se llama Dios en ningún lado
explícitamente (excepto quizás Rom 9.5), sino
únicamente Señor y Salvador, fue porque en su
parecer Dios era sinónimo de Padre. Más
definitiva es la intención de San Juan de enseñar
que Cristo Jesús es la Palabra encarnada, verdadero Dios,
hecho carne para habitar entre nosotros (Jn 1.1, 14): Juan e
explícito acerca de la Encarnación y la divinidad
de Cristo. Esta fe de la Iglesia es explícitamente referida
al testimonio de Cristo en palabra y en hecho – Su vida,
muerte, y Resurrección.
Cuando la Iglesia más tarde
expresó su fe en Cristo, heredada de ‘los
Apóstoles’, dijo en su Credo. “Creo en
un solo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios,
nacido del Padre antes de todos los siglos ... de la misma naturaleza
del Padre ... que por nosotros los hombre y por nuestra
salvación ...por obra del Espíritu Santo se
encarnó de María, la Virgen, y se hizo
hombre” (H. Denzinger, Enchiridion symbolorum 150). No puede
decirse de manera más explícita que Jesucristo es
verdaderamente Dios, Hijo de Dios hecho hombre para la
salvación de los hombres.
Fue la tarea de los Padres de la Iglesia y de los
primeros concilios formular el misterio de Cristo, verdadero Dios y
verdadero hombre, en términos precisos y
técnicos, el misterio de la ENCARNACIÓN y de la
UNIÓN HIPOSTÁTICA.
La
misión de Cristo y la salvación de los
hombres
El Hijo de Dios llegó a ser hombre de
modo que los
hijos de los hombres llegaran a ser hijos de Dios (cf. San.
Agustín, Epist. 140.3.9; Patrologia Latina 33:541). La
Palabra se hizo carne para que el hombre pueda ser deificado (San.
Atanasio, Inc. 54). Estas palabras expresan la misión de
Cristo. Él vino para la salvación y
divinización de los hombres. Pero a no ser que Él
fuera verdaderamente Dios, la razón del Padre, Él
no podría divinizar a los hombres, ni éstos
llegarían a ser en Cristo hijos adoptivos de Dios si
Él no fuera el verdadero Hijo de Dios [cf. San. Atanasio,
Adv. arian. 3.24; ver E. Mersch, “Filii in Filio,”
Nouvelle revue théologique 65 (1938) 551-582, 681-702,
809-830].
Cristo no pudo ser el Salvador de los hombres y
el agente de su divinización a no ser que Él
fuera la nueva cabeza de la raza, el segundo Adán, cabeza
del Cuerpo Místico, en la cual la membresía es a
través de la gracia. Él no podría ser
esto si Él fuera sólo un hombre. Solo un
Dios-Hombre, Santo Tomás discurre, podría rehacer
la naturaleza caída (cf. Compo theol. 200) o tomar ante
Él mismo toda la raza humana para hacerla Su Cuerpo (cf;
Summa theologiae 3ª, 7) y la nueva gente de Dios. Por tanto la
divinidad de Cristo es el fundamento ontológico de Su
misión tanto como Salvador de los hombres como de su
salvación y deificación como hijos adoptivos de
Dios.
La fe en la divinidad de Cristo, entonces, es la
piedra angular de la fe Cristiana. Sin duda el misterio de que
Jesús hombre es verdaderamente Dios desconcierta al
entendimiento de uno. Pero, con la doctrina de la Iglesia sobre esto,
la fe y el trabajo de sus doctores buscando algún
entendimiento de esa fe, uno llega a comprender el misterio. La
doctrina en Cristo, o Cristología, explica como la Persona
Divina del Hijo de Dios subsiste en dos naturalezas, divina y humana,
ambas inalterables y no disminuidas en la unión
hipostática. Cristo es verdadero Dios y verdadero hombre. Y
la doctrina de la Iglesia sobre la salvación de los hombres
en Cristo, o soteriología, muestra que sólo uno
de la raza humana quien es verdaderamente Dios pudo, por
reparación inmanente, salvar a los hombres de la
Caída y de sus consecuencias y divinizarlos tanto como para
hacerlos hijos de Dios mediante la adopción regeneradora. La
fe de los hombres en la divinidad de Cristo, por tanto, se postula por
su fe en la historia de su salvación a través de
Él. De este modo, para aquellos que creen en Cristo, la
teología de Cristo Nuestro Salvador muestra que el misterio
de Su divinidad, por toda su exaltada trascendencia, en el contexto de
la fe Cristiana es lógico.