Nuevo Testamento
Como los Judíos, los primeros
Cristianos veneraron “la Ley y los
profetas” (las
Escrituras Hebreas o Antiguo Testamento) como palabra inspirada por
Dios. El Evangelio Cristiano fue primero trasmitido oralmente. Luego,
gradualmente, los eventos de la vida de Jesús y sus palabras
y obras de salvación fueron anotados. Algunos de estos
escritos, tales como los evangelios de Mateo, Marcos, Lucas, y Juan y
las cartas de San Pablo, recibieron la misma veneración que
las Escrituras Hebreas y llegaron a ser parte del culto Cristiano.
Casi todos los escritos del Nuevo Testamento
fueron compuestos entre los años 50 y 100 dC, cuando el
recuerdo de Cristo era reciente y fresco. A través del
tiempo, los obispos de la Iglesia primitiva, siguiendo la
tradición de toda la comunidad, identificaron 27 libros como
“canónicos”, es decir, como
pertenecientes de la lista de libros considerados como inspirados por
el Espíritu Santo y la propia palabra de Dios. Por el
año 200 dC, este “canon” del Nuevo
Testamento fue arreglado en lo que fue casi si forma final. Una carta
de San Atanasio escrita en el año 367 dC es la primera
publicación conocida de este canon como lo tenemos hasta
este día.
El desarrollo del canon del Nuevo Testamento fue
un proceso inspirado por el Espíritu, como se muestra por el
hecho de que no todo documento antiguo fue aceptado como inspirado. Por
ejemplo, el “Protoevangelio de Santiago” es la
fuente de los nombres de los padres de María,
Joaquín y Ana, y de la fiesta de la Presentación
de Nuestra Señora en el Templo. Pero esta no fue aceptada
como palabra inspirada por Dios.