COMUNICANDO EL EVANGELIO HOY

OPUS DEI

San Ignacio de Antioquía
(107 D.C.)

Por el Rev. Thomas G. Weinandy, O.F.M.

Ignacio, obispo de Antioquia, fue arrestado y llevado a Roma para sufrir el martirio en el Coliseo, y está actualmente enterrado en los alrededores de la Iglesia de San Clemente. Él era un hombre muy alegre, lleno de energía y determinado –fiel al estilo de Pablo. En el trayecto de sus viajes, se encontró y escribió a otras comunidades cristianas. En sus siete cartas estuvo primordialmente preocupado de tres temas. 1. la unidad de la iglesia cuando se vive en comunión con el Obispo y alimentado en la Eucaristía, 2. el peligro de la herejía y, 3. la gloria del martirio.

Para Ignacio la unidad de la Iglesia era de suma importancia porque esta unidad consistía en Cristo (la cabeza) y su cuerpo. Esta unidad estaba en primer lugar fundada sobre la unidad de fe –todos creyeron en el único y verdadero Evangelio (de ahí su preocupación por la herejía que destruía la unidad de fe). Era el Obispo, presencia terrena de Cristo y sucesor de los Apóstoles, el fundamento de esta unidad actual porque él es el maestro y defensor auténtico del Evangelio, y el pastor que supervisa el propio cuidado y armonía de todos los fieles. La expresión más completa y acogedora de esta unidad, ‘una sinfonía de mentes en concierto’, se encuentra en la Eucaristía porque ahí los fieles locales, en unión con el Obispo, se congregan para escuchar el Evangelio y entrar en comunión con Cristo mediante el recibimiento de su cuerpo y sangre resucitados, que es ‘la medicina de la inmortalidad’.

La más grande herejía que Ignacio enfrentó fue el Docetismo. El Docetismo (que viene de la palabra Griega ‘dókesis’ que significa ‘apariencia’) sostuvo que el Hijo / Palabra de Dios únicamente ‘parecía’ o “aparentaba’ haber tomado carne humana, pero en realidad no. Así todo lo pertinente a la humanidad de Jesús – nacimiento, alimentación, sufrimiento, agonía, etc. – fue únicamente aparente y no real. Los docetistas sostenían que, si el Hijo / Palabra fue verdaderamente Dios, no pudo asumir verdaderamente la carne humana puesto que hacer esto ponía en peligro y destruiría su naturaleza divina. Dios de hecho no pudo sufrir y morir. Ignacio claramente proclamó la verdad de la Encarnación.

Primero, Ignacio afirmó que Jesús, siendo la verdadera Palabra del Padre, fue el total Revelador del Padre. Él habla desde el ‘silencio’ del Padre y la Palabra como el ‘portavoz’ del Padre. Como tal Jesús es verdaderamente Dios. Ignacio, en 14 ocasiones llama a Jesús Dios, y en 8 de estas se refiere realmente a él como ho theos (el Dios). Este es muy sorprendente en tan tempranos tiempos, puesto que el Nuevo Testamento parece muy vacilante al llamar a Jesús simplemente ‘Dios’.

Segundo, lo que es también sorprendente, Ignacio es uno de los primeros, si no el primero, en usar lo que se llama ‘la Comunicación de Idiomas’, es decir, la predicación de los atributos divinos y humanos de una misma persona. Él puede hablar de la ‘sangre divina’ o ‘la pasión de mi Dios’. Es un uso muy extraño del lenguaje. Dios no tiene sangre. Dios no puede sufrir. Sin embargo, si Dios llega a ser hombre, entonces Dios sí tiene sangre, y puede sufrir, no como Dios sino como hombre. Este es el por qué Ignacio usó aquel lenguaje. Le permitió expresar audazmente y aún escandalosamente, contrario a los Docetistas, la verdad de la Encarnación. A los Efesios Ignacio pudo escribir acerca de Jesús en una manera poética maravillosa.

Carnal y espiritual;
engendrado y no engendrado;
Dios venido en carne,
en la muerte vida verdadera,
Hijo de María e Hijo de Dios,
Primero pasible y ahora impasible
Jesucristo Nuestro Señor.

A través de sus cartas, entonces, Ignacio enfatizó la realidad de la humanidad de Jesús y la autenticidad de sus experiencias humanas. Su principal argumento para confirmar la verdad de la Encarnación es soteriológico. Si el Hijo de Dios sólo fingió ser un hombre, si su vida ‘humana’ fuera una mera charada y de esto modo su nacimiento, bautismo, sufrimiento y muerte fueron simplemente una pantomima, entonces nuestra salvación es un mero fingimiento y falsedad. Tampoco tendría realidad.

Esto conduce a la tercera preocupación de Ignacio, la gloria del martirio. Ignacio deliberadamente les dijo a los Tralianos que, cuando llegase a Roma, sería devorado por los verdaderos leones con dientes reales. Él derramaría sangre verdadera. De hecho, él sufriría y verdaderamente moriría. Si Jesús sólo fingió derramar sangre y únicamente simuló sufrimiento y muerte, entonces él (Ignacio) sería aún más digno de lástima. Él era todo menos un tonto. Más aún, es llegando a ser mártir como uno proclama el Evangelio imitando al mismo Jesús. Igualmente, el martirio cumple lo que tiene lugar en el bautismo en que uno muere y resucita con Cristo y por tanto uno llega a ser totalmente un auténtico Cristiano. Por último, el martirio es vivir la Eucaristía, porque ahí, cuando recibimos el cuerpo y la sangre de Cristo, nosotros estamos cumpliendo su semejanza y entonces al abandonar nuestra vida por la de Cristo llegamos a cumplir totalmente la verdadera semejanza de Cristo.

El padre Thomas G. Weinandy es un sacerdote Franciscano Capuchino que ha servido como Director Ejecutivo de la Secretaría para las Prácticas Doctrinales y Pastorales de la Conferencia de Obispos Católicos en Estados Unidos desde el 1 enero del 2005. Él ha escrito exhaustivamente sobre temas teológicos.