Los primeros 4 Concilios
¿Qué
enseñan los Cuatro Primeros Concilios Ecuménicos
o Universales de la Iglesia Cristiana acerca de Jesús?
Por Alan Schreck, Ph.D.
Casi todos los Cristianos, no importa de
qué
iglesia, reconocen la autoridad y veracidad de las doctrinas de los
primeros cuatro “grandes concilios”
(también llamados
“ecuménicos” o concilios mundiales) de
los comienzos de la Cristiandad. Esto es porque estos concilios
aclararon (y para algunos, definieron) lo que las escrituras Cristianas
enseñaron y lo que la iglesia primitiva creía
acerca de Dios, Jesús y María. Algunos de los
grandes líderes de la Cristiandad primitiva afirmaron la
importancia de estos concilios, tales como San Agustín
(354-430) quienes compararon la autoridad de los concilios
ecuménicos con la de los apóstoles, y San
Gregorio el Grande (540-604) quien dijo: “Yo confieso que
acepto y doy reverencia a los cuatro Concilio como lo hago con los
cuatro Evangelios… porque están fundados en un
consentimiento universal.”
¿Qué enseñaron
estos concilios? El Concilio de Nicea en el año 325 dC
respondía a las afirmaciones de un sacerdote de
Alejandría,
Arrio, que decía que la Palabra o Hijo de Dios (quien
“se hizo carne y
habitó entre nosotros” como Jesús
– Jn 1:14) no era Dios y por tanto no era eterno,
él no existió siempre. Arrio expresó,
en base a algunos pasajes del Evangelio, que
Jesús nunca profesó que él era Dios,
como cuando dice en el Evangelio de Juan (14:28) que “el
Padres es mayor que Yo.”
Los obispos de Nicea consideraron todos los textos
pertinentes de los Evangelios (tales como Jn 10:30: “Yo y el
Padre somos uno”) y concluyeron que Arrio estaba equivocado.
El Hijo o Palabra de Dios es Dios (ver Jn 1:1) y siempre
existió. Para aclarar esto se proclamó un credo
(el “Credo de Nicea” que incluyó una
palabra Griega clave, homoousios, que significaba que la Palabra o Hijo
es del mismo “ser” que Dios Padre. Si el Padre es
Dios, también lo es el Hijo. Si el Padre es eterno,
todopoderoso (etcétera), también lo es el Hijo o
Palabra de Dios.
Trágicamente, unos pocos obispos
después del Concilio de Nicea cuestionaron la
decisión del Concilio (diciendo, por ejemplo, que homoousios
es una palabra que no dicen la Escrituras), y convencieron al Emperador
Romano y a sus hijos que Arrio y sus creencias habían sido
condenadas equivocadamente. Tomó más de cincuenta
años de controversia hasta que el Primer Concilio de
Constantinopla (381 dC) reafirmara la doctrina y el credo de Nicea.
Este concilio ecuménico también
añadió una frase al Credo de Nicea para afirmar
la divinidad del Espíritu Santo, el
“Señor y Dador de la Vida” quien con el
Padre y el Hijo “es adorado y glorificado”.
Así al final del siglo IV la creencia Cristiana en Dios como
una Trinidad de tres personas de igual divinidad: Padre, Hijo y
Espíritu Santo, fue reconocida formalmente por los
Cristianos.
En el siglo V hubo dos concilios
ecuménicos más que trataron preguntas acerca de
Jesús. A inicios del siglo V un prominente obispo, Nestorio,
rechazó el título “theotokos”
o “Madre de Dios” al referirse a María.
Los Cristianos creyeron que la madre de Jesús
podría ser justamente llamada la “Madre de
Dios” porque el Evangelio claramente enseña que
Jesús fue concebido en María, no por cualquier
ser humano, sino por el Espíritu Santo, Esto fue lo que el
ángel Gabriel anunció a María un
día en Nazaret (la
“Anunciación”) y María
accedió (ver Lc 1:26-38). Nestorio pensó que al
llamar a María “Madre de Dios”
confundiría a la gente en pensar que el Dios eterno
nació por medio de un humano. El Concilio de Efeso se
reunió en el año 431 dC para considerar la
opinión de Nestorio. El concilio decidió que era
correcto y bueno el honrar a María como “Madre de
Dios” porque ella es la madre de Dios en su naturaleza
humana. El Concilio aclaró que María
contribuyó a Jesús en su verdadera y total
humanidad, mientras Dios Espíritu Santo
“cubrió con su sombra” a
María de modo que tuviera un hijo que fuera verdaderamente
Dios, el Hijo o Palabra de Dios (Lc 1:30-35).
Esta creencia de que Jesús es tanto
divino como humano, hombre y Dios, condujo a mucho debate y
especulación después del Concilio de Efeso acerca
de cómo podría ser expresado este misterio. Un
monje,
Eutiques, que vivía en Constantinopla afirmó que
antes que Jesús se encarnara en María
tenía
dos “naturalezas” (una naturaleza divina y humana),
pero después de la unión de las dos naturalezas
en el seno de María hubo una sola naturaleza en
Jesús – la naturaleza divina. En el sentido
Eutiques propuso que la naturaleza de Dios es tan grande que ensombrece
y “absorbe” la humanidad de Jesús. Para
Eutiques, Jesús tomó una apariencia humana, pero
la única completa y verdadera naturaleza que quedaba en
Jesús después de la
“encarnación” (la apariencia humana
externa) es la naturaleza de Dios. Para hacerlo simple, la
afirmación de Eutiques es que Jesús fue
verdaderamente Dios, pero no verdaderamente o totalmente humano.
El obispo de Constantinopla, Flaviano, se opuso a
esto. Él escribió una carta al obispo de Roma, el
Papa León I, para hacerle llegar esta opinión,
también. Desafortunadamente, debido a la política
de la Iglesia se convocó a un concilio con la
participación
del emperador Teodosio II en el año 449 dC que
proclamó la posición de Eutiques (llamada
Monofisismo) como correcta, y el Obispo Flaviano fue depuesto. La carta
al Papa León en respuesta a Flaviano fue ignorada por este
concilio. Pero las cosas cambiaron rápidamente. Teodosio II
murió de repente (se cayó de su caballo) y su
hermana, Pulqueria, convenció a su esposo, el nuevo
emperador Marciano, a convocar otro concilio para reconsiderar este
tema. El Concilio de Calcedonia fue convocado en el año 451
dC. Esta vez la carta del Papa León fue leída y
todas las posiciones fueron imparcialmente consideradas. El resultado
fue la formulación de un credo del Concilio de Calcedonia
que declaraba que Jesucristo es una persona que existe “en
dos naturalezas” –una naturaleza divina y una
naturaleza humana– las cuales no se confunden (no se
“combinan juntas” en una tercera naturaleza) ni se
dividen o separan (por tanto Jesús no es
“esquizofrénico” –algunas
veces actuando como Dios, algunas veces como un hombre).
Jesús es una persona que es verdaderamente y completamente
Dios y verdaderamente y completamente humano. Como esto puedo ocurrir
está más allá de nuestra
comprensión. Es verdadero a lo que los Cristianos se
refieren con el término “misterio”: no
algo irrazonable, solo algo más allá de la
capacidad humana para comprenderlo totalmente. Por consiguiente debe
ser aceptada solamente por la razón, sino también
por la fe.
Los primeros cuatro Concilios
ecuménicos definieron el significado de las creencias
Cristianas básicas acerca de Dios y Jesucristo que fueron
proclamadas por la Iglesia en su doctrina, tradición
(creencias “transmitidas”), y escritos sagrados.
Estos son necesarios aún hoy para conocer lo que la
mayoría de Cristianos creen acerca de estos temas centrales.