Por Father John Wauck
Como era de esperar, mucha gente ha protestado
contra la forma en la que Jesucristo, María Magdalena, la
Iglesia Católica, y el Opus Dei son presentados por Dan
Brown en la novela El Código Da Vinci. Ha sido acusado de
blasfemia, deshonestidad y anticatolicismo. Yo, sin embargo, pienso que
el verdadero problema con la novela es otro.
Ciertamente, los conceptos erróneos
en El Código da Vinci sobre Jesús y
María Magdalena no deberían aterrorizar a nadie.
Cuando un personaje ficticio de Dan Brown dice que Jesús no
era el inmortal Hijo de Dios sino simplemente un hombre,
únicamente está diciendo lo que muchas personas
en el planeta –Hindúes, Musulmanes,
Judíos, y no cristianos de todo tipo– han
creído siempre. Para decirlo en breve, si los personajes de
Dan Brown están blasfemando en este punto,
también lo hace la mayoría de gente en el mundo.
Quiero decir que los “cargos” contra
Jesús en la novela, hechos con una argumentación
más o menos endeble, pueden ser falsedades, pero no
están deliberadamente distorsionando hechos
históricos.
Tampoco el Opus Dei, la parte acusada
injustamente, es la mayor tergiversación del libro. El monje
albino asesino, que comete los crímenes precisamente cuando
deja de recibir órdenes del “presidente
general”del Opus Dei Aringarosa, claramente no quiere
representar al típico miembro, y queda claro que el Opus Dei
ficticio no es una organización criminal, sino apenas un
peón en las manos del real villano de la novela. A decir
verdad, la mayor parte de los errores de Brown relacionados con el Opus
Dei parecen que responden a una intención sensacionalista y
simple falta de dirección que a mala voluntad.
No, la verdadera víctima de las
distorsiones es la Iglesia Católica Romana. Los numerosos
errores concretos sobre la historia del cristianismo, van todos juntos
con un único propósito: no difamar a Jesucristo o
al Opus Dei, sino a hacer que la Iglesia Católica Romana
–en el lenguaje de Brown, “el
Vaticano”– aparezca como el villano malvado,
misógino, hambriento de poder de la historia mundial.
Mucho se ha escrito sobre las inadecuadas
descripciones de arte, arquitectura, organizaciones y documentos de
Brown, pero más allá de abochornar a sus
editores, estos errores hacen relativamente poco daño.
Tampoco está el mayor daño en las
hipótesis e interpretaciones discutidas por algunos de los
personajes ficticios de Brown, que están dentro del campo de
la conjetura, conjetura ficticia al fin y al cabo.
El verdadero y serio peligro radica en las
frecuentes referencias de la novela a eventos históricos que
nunca ocurrieron: cuestiones relativas al emperador Constantino, al
Concilio de Nicea, a los evangelios gnósticos, al Papa
Clemente V, al falso “Priorato de Sion”, los
caballeros templarios, Leonardo da Vinci, María Magdalena,
la quema de brujas, y mucho, mucho más. Recientemente, el
actor Jean Reno, que interpreta al detective de la policía
de París, Bezu Facce, dijo que la versión
histórica de la novela no es “la forma en que
ocurrió en realidad”. Esto debe ser dicho mucho
más fuerte. No es suficiente decir que el libro es
“ficción” –porque la
ficción frecuentemente contiene verdades
históricas. No toda novela es una pura fantasía
de ciencia ficción. En el caso de El Código da
Vinci, muchas cosas que parecen soporte histórico confiable
son puro invento de la imaginación.
Puesto que estos no pueden ser errores
accidentales –son deliberados y tendenciosos– eso
no quiere decir que Dan Brown haya querido necesariamente difamar a los
católicos o a la Iglesia. Quizá, para que tuviera
sentido, la novela simplemente necesitaba un villano, y la suerte
cayó sobre la Iglesia, y así Brown
procedió, con licencia poética y con la voz de
sus personajes ficticios, a pintar con una brocha muy gorda. Lo que es
cierto es que para hacer aparecer a la Iglesia como villana, hizo las
cosas con plena conciencia.
Y, por supuesto, novelistas y personajes
ficticios tienen permitido decir todas las falsedades que quieran. No
tiene sentido acusarlos de mentir. Sería maravilloso que
cada lector tomara al pie de la letra las palabras usuales en cualquier
página de copyright: “En este trabajo de
ficción, los personajes, lugares y eventos son o producto de
la imaginación del autor o son usadas enteramente de manera
ficticia”. En verdad, en algún universo ideal, en
el que cada lector estuviese versado en historia
eclesiástica, la pedante y necia conversación
entre Prof. Langdon y Sir Leigh Teabing produciría apenas
algo de entretenimiento.
Ahora bien, nosotros no vivimos en ese mundo, y
mucha gente se ha equivocado tomando la ficción de la novela
por verdad.
Más aún, quitando esta
confusión, la ficción misma es una poderosa forma
de comunicación. Cuando ves una película o lees
un libro, tu imaginación es guiada e informada. Los
sentimientos son estimulados, las preguntas sugeridas. Las impresiones,
quizá falsas, quizá verdaderas, van tomando
forma. Se crean asociaciones mentales.
Los negocios pagan millones de
dólares por unos cuantos segundos de publicidad durante el
Super Bowl. Importa poco que todo el mundo sepa que esos avisos no son
documentales, que son creaciones diseñadas para vender un
producto. El mensaje es enviado de todos modos. Si unos segundos de
tiempo de pantalla son tan valiosos, imaginemos el poder de horas
leyendo una novela o el impacto visual de un film completo.
En el caso comentado, la Mercedes-Benz
estaría seguramente encantada de que su Smartcar apareciese
en la película El Código da Vinci.
Están seguros de que eso influiría en la actitud
de los consumidores. Por razones similares, la Iglesia
Católica tiene toda la razón para estar menos que
encantada con su propia imagen en el film. Una imagen falsa y horrible
será transmitida al mundo entero, pues El Código
da Vinci da la clara impresión de que la Iglesia no
sólo está equivocada –como dije, de
alguna forma, muchos en el mundo creen eso de todos modos–
sino que es una perversa, malévola y criminal empresa
organizada para defender un fraude: “la mayor historia
jamás vendida”, en palabras de Teabing.
¿No es razonable suponer que eso afectará la
actitud de los espectadores hacia la Iglesia?
Las ofensas de la novela pueden probablemente no
ser percibidas, pues Dan Brown da la impresión de ser algo
sordo cuando se toca lo católico. Ha demostrado no sentir
apenas nada por lo que los católicos piensan y creen. En
verdad, Brown no parece apreciar lo que significa ser parte de la
Iglesia. Para los católicos, la Iglesia es más
que una asociación piadosa, una institución
religiosa, o una venerable realidad histórica. Para los
católicos, la Iglesia es precisamente lo que El
Código da Vinci quiere que María Magdalena sea:
la Esposa de Cristo, que se hace una carne con Él. En la
Iglesia, los cristianos forman parte del cuerpo místico de
Cristo. De hecho, fue una mujer, Santa Juana de Arco, la que dijo:
“sobre Jesús y la Iglesia, yo sólo
sé que son una sola cosa, y no deberíamos
complicar el asunto.”
Y Brown escribe sobre esta misteriosa y sagrada
realidad como si se tratase del Club Kiwanis, con un pedigree un poco
más antiguo y sucio. Visto como los católicos
entienden la Iglesia, es inevitable que su penosamente falso retrato
–a pesar de ser ficción– sea tomado
personalmente, porque de alguna muy profunda manera, es personal.
Por el camino de la analogía,
imaginemos tu reacción si un novelista te dice
“voy a escribir una novela sobre tu familia, en la cual
ustedes serán retratados como una banda de criminales y
pervertidos. Voy a usar tu verdadero nombre y los nombres de tus padres
y abuelos. Toda la información relativa a tu familia
–una parte de la cual será de hecho
verdadera– será presentada como si fuese el
producto de una cuidadosa investigación
histórica. Pero –no te preocupes– es
sólo una novela, y después de todo te
daré la oportunidad de responder a las falsedades.”
Por supuesto, nuestro autor imaginario tiene
todo el derecho de publicar su novela. La pregunta en
cuestión es otra: ¿podrá alguien con
un mínimo de decencia o responsabilidad escribir una novela
como esa y luego –cuando la novela es un éxito
internacional que es tomada tan en serio por muchos lectores–
hacer una película? Encuentro difícil de creer
que sea este el tipo de acción que a Sony y Dan Brown les
gustaría que los viesen hacer.
John Wauck es un sacerdote
norteamericano del Opus Dei. Natural de Chicago, ha estudiado Historia
y Literatura del Renacimiento en la Universidad de Harvard y
Filosofía en la Pontificia Universidad de la Santa Cruz en
Roma, donde ha vivido por los últimos diez años.
Enseña la asignatura de Literatura y Fe Cristiana en la
Pontificia Universidad de la Santa Cruz.