Por Monseñor Francis J.
Maniscalco
El Código Da Vinci ha conseguido una
gran atención debido a su héroe que aboga por la
“sagrada feminidad” y por un retorno al paganismo
como la religión de la naturaleza con su supuestamente sana
opinión de la sexualidad. Una celebración moderna
de un rito de fertilidad es un elemento importante en el libro. De
más está decir que la Iglesia está
representado como la que sofoca estas “sanas”
tendencias.
En su menosprecio de la Iglesia por suprimir la
“sagrada feminidad” y el sentido del bien natural
del sexo, los Católicos encontrarían que faltan
en la novela al menos dos aspectos de nuestra fe que contradices su
tesis.
No le hago recordar al autor mencionando a
María, la Madre del Señor. ¡Cuan
extraño! No hay más grande exaltación
de lo femenino que la Madre Bendita. La doncella llena de gracia que
respondió a una extraordinario solicitud con las palabras.
“Hágase en mí según tu
palabra (Lc 1:38),” cuando ella pudo haber solamente
entendido parcialmente todo lo que se le estaba pidiendo a ella. Una
mujer de oración poderosa en aquellas palabras del
“Magnificat,“ “Derribó a los
poderosos de sus tronos y exaltó a los humildes (Lc
1.52),” que se dice que han causado al menos a un monarca
medieval que tiemble cuando las rezaba. Madre, esposa, viuda, testigo
de la muerte de su propio hijo, madre, por el deseo de morir de su
hijo, para sus discípulos también, una presencia
consoladora con sus discípulos mientras ellos esperaron y
luego recibieron al Espíritu Santo en
Pentecostés, venerada por la Iglesia con el osado
título, “Madre de Dios.”
Con razón le poderosa pero
también consoladora imagen de María, la Madre del
Redentor, ha ejercido tan impresionante influencia en
devoción, arte, y cultura a través de los
tiempos. Lo que se dice acerca de María Magdalena en El
Código Da Vinci lucen insignificantes ante esta mujer que
recibió dentro de su vientre la Palabra que el universo
entero no puede contener.
También falta en El Código
Da Vinci la verdadera valoración de la Iglesia por
María Magdalena. Lejos de tratar de borrar el recuerdo de su
importancia como discípulo, los cuatro Evangelios lo
consagran. Ella está entre las mujeres que recibieron el
primer anuncio de la resurrección del Señor. En
el Evangelio de San Juan, ella es la primera persona en encontrar al
Cristo resucitado. Hay un afectuoso diálogo entre los dos.
Él le encarga a ella que “vaya a decirles a mis
hermanos que, ‘Yo subo donde mi Padre, que es Padre de
ustedes; donde mi Dios, que es Dios de ustedes,’” y
María anuncia a los discípulos , “He
visto al Señor” (ver, Jn 20. 17-18). Claramente el
recuerdo de María Magdalena es de un discípulo
fiel e importante que se quedó en la Iglesia, abierta y no
oculta, Ella, de hecho, llegó a ser una de nuestras
más veneradas y queridas santas.
En cuanto a su supuesta deshonra de su recuerdo
por la asociación entre ella y la arrepentida mujer que
lavó los pies de Cristo con sus lágrimas y los
secó con sus cabellos, esa asociación puede ser
un error de interpretación bíblica, pero
difícilmente constituye un insulto. Cada Cristiano
está llamado a arrepentirse de sus pecados, y esta mujer no
identificada se arrepiente gloriosamente. Jesús la contrasta
a ella con su poco hospitalario anfitrión quien
aparentemente siente poca necesidad de Jesús y de su
perdón. “Cuando yo entré a tu casa no
me ofreciste agua para los pies; mientras que ella los mojó
con sus lágrimas y los secó con sus cabellos Tu
no me besaste al llegar; pero ella, desde que entró, no ha
dejado de besarme los pies ... Por esos te digo, que sus numerosos
pecados le quedan perdonados, por el mucho amor que
demostró” (ver Lc 7.44-47). María
Magdalena o no, el arrepentimiento de esta mujer ha dejado en nosotros
el precioso tesoro de esta imagen profundamente conmovedora de la
misericordia de Cristo.
En cuanto al sexo, lo que falta en El
Código Da Vinci es el conocimiento que dentro de la
relación del marido y de la esposa, la doctrina
Católica sostiene que el sexo es una santa realidad. Es una
realidad sacramental que refleja la unión de Cristo y su
Iglesia. Esta doctrina sostiene al sexo con un mucho mayor honor que el
rito de fertilidad que la novela representa. Cuando la sexualidad es
mal usada y corrompida es cuando llega a ser una fuente de pecado. De
este modo la novela presenta una imagen severamente truncada y por
tanto distorsionada de la doctrina de la Iglesia. Y uno
pensaría ahora que la experiencia ha rebatido el mito que
usar el sexo en una forma desenfadada careciente de una responsabilidad
moral trae con ella alegría y satisfacción.
Por último, también
olvidado en El Código Da Vinci es la respuesta a una
pregunta muy importante.¿Por qué, si la
revelación del supuestamente impresionante secreto del
matrimonio de Jesús y María Magdalena y sus
descendientes beneficiara tanto a la humanidad, aún se
mantiene oculto dentro de un selecto grupo de famosos y poderosos
quienes tienen el tiempo y los medios para dedicarse a misteriosos
ritos en castillos en Francia? Definitivamente, mientras los tiempos
modernos empezaron bien antes del tercer milenio, hubo
épocas y lugares en los cuales el secreto pudo haber sido
revelado con seguridad.
Pero el hecho es que la verdadera Cristiandad no
está basada en un petulante elitismo confiado en su propia
superioridad moral. Distinto de la sociedad ultra secreta de la novela,
el “Priorato de Sión” y el distinto
Gnosticismo antiguo, los misterios de salvación de la
Cristiandad se ofrecen a todas las mujeres y hombres de toda raza y
condición social. A través de toda la historia,
los Cristianos han estado dispuestos a anunciar el Evangelio a pesar de
las persecuciones y posible muerte – un destino que nuestras
personalidades secretas importantes parecen disfrutar. Pero por
supuesto, el celo Cristiano es proclamar e incluir, no mantener
secretos y excluir.
Por encima de todo, El Código Da
Vinci no se da cuenta que la Cristiandad que convirtió a un
imperio pagano lo hizo atormentándole con secretos sino por
el fiel anuncio de la “Buena Nueva” que
“Tanto amó Dios al mundo que entregó su
Hijo Único, para que todo el que crea en él no se
pierda, sino que tenga vida eterna” (Jn 3.16).