Por Francisco Bobadilla
La novela de Dan Brown ha dado origen a un
inusitado interés por lo religioso. Justo ahora, cuando una
cierta sociedad del bienestar, satisfecha en sus necesidades vitales,
había decretado la expulsión de Dios en la
existencia humana. Pero no nos es posible prescindir de Dios hasta esos
extremos, ni mucho menos vivir totalmente a espaldas de lo sagrado.
Nada más terrible, decía Chesterton, que hacer
profesión de ateísmo, ser el único
sobreviviente de un terrible accidente de tránsito, y no
tener a quién agradecerle la vida. A lo cual agrego,
horrible noche aquélla de un ataque inesperado de
depresión y pánico y no tener un Dios a quien
agarrarse en esos trances. ¿Novelas como las de Dan Brown
son sólo un producto del marketing moderno?
¿Volver al misterio, a lo sagrado aún cuando
está envuelto de cierto gnosticismo, es una simple moda?
¿Qué hay detrás de esta
profesión explícita de religiosidad en pleno S.
XXI? ¿Es una frivolidad más, incluso, una simple
extravagancia intelectual? Me parece que hay más, mucho
más.
Dan Brown le hace decir a Teabing, uno de sus
personajes: “las torres de marfil de Harvard te han
ablandado, Robert. Sí, el clero de Roma está
tocado por la fuerza de la fe, y precisamente por eso sus creencias
pueden soportar cualquier tormenta, incluidos los documentos que
contradicen lo que más sagrado es para ellos. Pero
¿qué me dices del resto del mundo?
¿Qué hay de los que no están
bendecidos por las mismas certezas? ¿Qué me dices
de los que ven la crueldad del mundo y se preguntan dónde
está Dios? ¿Y de los que saben de los
escándalos de la Iglesia y se preguntan quiénes
son esos hombres que afirman tener la verdad sobre Cristo y aun
así mienten y encubren los abusos sexuales a
niños cometidos por sus propios sacerdotes?
–Teabing se detuvo un instante- ¿Qué
pasa con esa gente, Robert, si las persuasivas pruebas
científicas demuestran que la versión de la
historia de Jesús que propone la Iglesia no es exacta, y que
la mayor historia jamás contada es en realidad la mayor
historia jamás inventada?”.
Y ya sabemos por lo que llevamos escrito en este
texto, que toda la novela gira acerca de la clave que
revelaría uno de los mayores misterios de todos los tiempos,
el encerrado en la leyenda del Grial. Como se ve, las preguntas
–aunque más tienen de reproche que de pregunta- no
responden sólo a recursos efectistas. Son
válidas, pues una vez más vuelven a plantear la
existencia del mal en la Humanidad. No es, precisamente, la frivolidad
de la vida la que podría conducir a este tipo de
interrogantes, son preguntas serias que la mujer y el hombre
contemporáneos se hacen respecto a las cuestiones
más radicales de la existencia humana.
La novela de Dan Brown no se mueve en el terreno
de las grandes narraciones sapienciales, desde luego. Su camino es
prosaico, muy prosaico. La respuesta a la que apunta Teabing, en el
Código da Vinci, no es de corte racional. Se refugia en lo
mistérico, anunciando una postura cansinamente
agnóstica. ¿Ateísmo
práctico encubierto? Bastante hay de eso en todos los
personajes de la novela, no se salva ninguno. Se habla de Dios, pero se
lo hace con la frialdad y cálculo de quien habla de sus
ahorros en un Banco.
También es verdad que cuando ya ni
siquiera se es capaz de hacer estas preguntas de puro desencanto y
pereza mental, lo que queda es el indiferentismo religioso tan propicio
a la superstición. Es el hombre estético, vividor
sin alma, empastado en el instante, suelta la sensibilidad, inflamada
la afectividad. Es el hombre y la mujer
“sin-religión”, pero que sin saberlo se
siguen comportando religiosamente. No sólo se trata de una
masa de “supersticiones” o de
“tabús” del hombre moderno, que en su
totalidad tienen una estructura o un origen
“mágico religioso”. Hay más,
el hombre moderno dispone aún de toda una
mitología camuflada y de numerosos ritualismos degradados;
ha desaparecido lo sublime, pero ha quedado el ruido de la fiesta.
Y así como la frivolidad es un
disolvente para la vida en serio, el sinsentido existencial es,
ciertamente, una amenaza continua para el hombre sin
religión. La sola historia plana tiene un horizonte vital
muy reducido. El historicismo, el sexismo, el conductivismo, etc.
reducen a la persona en el hoy, no hay más que presente. La
razón instrumental se estrella contra la realidad lacerante
y no hay forma de sacarse de encima la fatalidad. Lo ha podido observar
Mircea Eliade: “en lo que concierne a las concepciones del
tiempo en que se han detenido algunos filósofos
historicistas y existencialistas, no deja de tener su
interés una observación: a pesar de no ser
concebido ya como un “círculo”, el
Tiempo recupera, en estas filosofías modernas, el aspecto
terrorífico que tenía en las
filosofías india y griega del Eterno retorno.
Definitivamente desacralizado, el tiempo se presenta como una
duración precaria y evanescente que conduce
irremediablemente a la muerte”.
Albert Camus ha narrado con vigor la precariedad
de la vida. Meursault, el protagonista de El extranjero,
después de recibir la sentencia que lo condena a la pena de
muerte por el crimen cometido, cavila para sí: “y
bien, tendré que morir. Antes que otros, es evidente. Pero
todo el mundo sabe que la vida no vale la pena ser vivida. En el fondo,
no ignoraba que morir a los treinta años o a los setenta
importa poco, pues, naturalmente, en ambos casos, otros hombres y otras
mujeres vivían y así durante miles de
años”. Un eterno retorno desacralizado, un
pesimismo vital, un pensamiento débil, cansado.
Ante el sufrimiento del inocente y la presencia del mal la
razón moderna se encorva, se desorienta, sólo
queda el nihilismo. “Como filosofía de la nada,
logra tener cierto atractivo entre nuestros contemporáneos.
Sus seguidores teorizan sobre la investigación como fin en
sí misma, sin esperanza ni posibilidad alguna de alcanzar la
meta de la verdad. En la interpretación nihilista la
existencia es sólo una oportunidad para sensaciones y
experiencias en las que tiene la primacía lo
efímero.”.
Este pesimismo existencial también lo vieron los antiguos
gnósticos, aquéllos a los que acude
insistentemente Dan Brown en su novela. “Llamaban kenoma, o
vacuidad cosmológica, a nuestro mundo actual: un mundo de
tiempo repetitivo, reproducción sin sentido, falta de
futuro, generación X: entonces, ahora, siempre. Lo que somos
ahora está infestado de demonios y atrapado en una
concepción del destino gobernada por unos ángeles
hostiles llamados arcontes, los príncipes de nuestra
cautividad”. Sí, si se mira hacia fuera,
sólo hay fatalidad. El gnóstico, por eso, mira
hacia adentro, busca la chispa divina que lo conecta con el Dios
extraño, lejano, impoluto.
Y bien, en este tramo del camino y ante el dolor
y el sufrimiento, ¿qué?, ¿fatalidad?,
¿indiferentismo?, ¿fe?, ¿gnosis?,
¿ateísmo?, ¿frivolidad? Preguntas
radicales que los seres humanos de todos los tiempos se han hecho, unas
veces desde el sillón como en el libro de Lewis, El dolor o
con el sufrimiento encima como en el segundo librito del mismo autor,
Una pena en observación, escrito al poquísimo
tiempo de la muerte de su esposa, amor otoñal de los que se
viven directamente con el alma, seguido de un intenso dolor en el que
naufraga el pensamiento, removiendo los cimientos del ser.
Sin duda, el destino de cada ser humano es un
gran misterio, de ahí que el fatalismo o la esperanza sean
actitudes posibles en la trayectoria vital de los hombres.
¿Qué decirle a una persona que se presenta con
heridas y cicatrices, que trae sobre sí una vida coronada de
infortunios? Una situación así es sobrecogedora.
Ante la fatalidad el silencio de Dios es elocuente. Lo fácil
y evidente es resignarse a la fatalidad (pesimismo) o enfrentarla en
actitud arrogante (cinismo), pero en ambos casos falta la
alegría y el derrumbe vital es inevitable.
La salida es otra y se la ve cuando a pesar del
dolor, del cansancio y de las lágrimas se mira hacia lo
alto, como lo ilustra Susanna Tamaro en Tobías y el
ángel: “Si estás aquí quiere
decir que alguien te ha deseado. No sé quien, pero alguien
lo ha hecho. Alguien tiene necesidad de tus ojos, de tus palabras. El
destino –había respondido el ángel
–, es una especie de largo ovillo de lana. Este ovillo poco a
poco se desenrolla y construye la vida. A veces corre liso, a veces
forma nudos. Lo importante es tener siempre el extremo en la mano. Un
cabo de la madeja está en el puño del hombre y el
otro está allá arriba, apretado en la mano
infinita del Creador”. No son sólo palabras
consoladoras, es la realidad más honda de la
condición humana, es la esperanza como respuesta cabal a la
fatalidad.
La actitud del creyente ante el silencio de Dios
no es de reproche sino de entrega a los designios de un Dios bueno,
nunca de un Dios verdugo. Escribe Juan Pablo II el poeta:
Al caer, el torrente no se asombra.
Y los bosques bajan silenciosamente al ritmo del torrente
-pero, ¡el hombre se asombra!
(…)
Al asombrarse seguía surgiendo
desde esta onda que lo llevaba,
como si estuviera diciendo alrededor:
“!para! -en mí tienes el puerto”,
“en mí está el sitio del encuentro
con el Verbo Eterno-
“!para, este pasar tiene sentido”,
“tiene sentido… tiene sentido… tiene
sentido!...”
La sabiduría y la fe alcanzan a ver
la bondad originaria del mundo y ni el siglo XX ni ningún
otro siglo son capaces de ocultar esta realidad última.
Dilucidar el bien del mal no es cosa de hombres, es asunto de Dios.
Ante lo insondable lo humano es rogar, como muy bellamente lo ha dicho
Rosenzweig: “el hombre ruega, Dios da, el mundo recibe y da
gracias, y el hombre vuelve a rogar”. El gnosticismo, en este
sentido, es también un quiebre de la razón
sapiencial. Quiere llenar el espacio que la razón moderna ha
dejado en su repliegue; pero me parece que es, a pesar de sus
límites, expresión de la profunda nostalgia de
Dios que subyace en lo más íntimo del ser humano,
es la nostalgia de “habitar en un “mundo
divino”, de tener una casa semejante a la “casa de
los dioses”, tal como se ha configurado más tarde
en los templos y santuarios. En suma, esta nostalgia religiosa expresa
el deseo de vivir en un Cosmos puro y santo, tal como era al principio,
cuando estaba saliendo de las manos del Creador”.
Nostalgia de santidad, de pureza ante la mirada
pasmada de uno mismo cuando se asoma a mirar en su interior: lo que se
ve no es nada alentador y se quiere una nueva oportunidad, un volver a
empezar, sin mancha, sin culpa. Intuición cierta, pero
corta, pues no sabe qué hacer con los inevitables pasivos de
la vida personal. En lugar de humildad, alza cabeza la soberbia
personal disfrazada esta vez de “la chispa divina”
pura, incontaminada y santa que un día volverá al
pleroma.
El gnóstico posmoderno, como el que
se trasluce en El Código Da Vinci, busca la
salvación por el solo conocimiento, prescindiendo de la
biografía personal. No se hace responsable de sus actos,
activo y pasivo son cuentas separadas, no entrelazadas. No hay nada de
qué pedir perdón, tampoco tiene sentido perdonar.
Dios me conoce y yo conozco a Dios, dicen los gnósticos,
pero lo que se conocería es la chispa divina, el yo
profundo, que habita en este cuerpo. Sé quién
soy, de dónde vengo, a dónde he sido arrojado,
hacia dónde voy. Este conocimiento es el que salva y libera
y ¿la vida? Ella no cuenta. Precisamente es el conocimiento
el que libra de esta vida. Salvación desencarnada,
liberación sin ascética. Ya no hace falta una
metanoia (conversión) basta la sola iluminación.
Esta falta de peso específico
personal se puede apreciar en los personajes de El Código Da
Vinci, no hay verdaderos dramas personales, sólo hay
buscadores de tesoros escondidos, conocedores de los grandes misterios
y de la clave de toda la historia. La arrogancia es inevitable, son
personajes por encima del bien y del mal, ligeros y desenfadados,
porque se sitúan como jueces espectadores que ven jugar a
los mortales desde lo alto de su palco. La culpa es de los
demás.
La vida de cualquier ser humano está
compuesta de luces y sombras y Dios que nos creó sin
nosotros no nos salvará sin nosotros, dice agudamente San
Agustín. La vida cristiana no está exenta de
sacrificio, pero el Dios que se hizo hombre por amor a cada uno de
nosotros con su Pasión y Muerte nos ha enseñado
el camino de reconciliarnos con la Cruz como muy bien lo ha sabido
decir Lewis, en Mero Cristianismo: “entrégate y te
encontrarás. Pierde tu vida y la salvarás.
Sométete a la muerte, a la muerte de tus ambiciones y deseos
favoritos todos los días, y a la muerte de todo tu cuerpo,
al final; sométete con cada fibra de tu ser, y
encontrarás la vida eterna. No retengas nada. Nada a lo que
no hayas renunciado será verdaderamente tuyo. Nada en ti que
no haya muerto se levantará jamás de entre los
muertos. Búscate a ti mismo, y a la larga sólo
encontrarás odio, soledad, desesperación, ira,
ruina y descomposición”. La sencilla vida
cristiana, por sencilla no deja de ser paradójica y esto es
lo que no ha alcanzado a ver Dan Brown en su novela.
Ante la banalidad de la vida, el
Código da Vinci es una muestra de la presencia viva de los
sagrado entre los hombres. Se queda corto, y la novela misma no llega a
despegarse de esa banalidad que no quiere saber de excelencia ni de
exigencia. Queda en pie el camino del creyente, del hombre religioso
-en términos de Mircea Eliade- que se para respetuoso ante
el misterio y sabe que sólo ante la mirada de Dios, el
primer Vidente, todo permanece desnudo y transparente.