Por
Vicente Soccorso, SDB
La gran difusión que ha tenido la
novela de Dan Brown, El Código Da Vinci,
y los interrogantes que ha suscitado en muchas personas, hacen
oportunas algunas precisiones para los lectores menos informados
históricamente.
1.- La trama de la novela.
A partir de un homicidio perpetrado en el museo
del Louvre, en
París, los protagonistas de la novela, Roberto Langdon,
profesor de
simbología religiosa, y Sophie Neveu, criptógrafa
de la policía
francesa, van paulatinamente descubriendo una verdad que puede tener
grandes consecuencias para la humanidad. Una antigua sociedad secreta
nacida en 1099, el Priorato de Sión, ha mantenido
celosamente
escondidos una gran cantidad de documentos, que probarían
que la visión
cristiana tradicional sobre Jesús, transmitida por los
Evangelios, no
es la verdadera.
Según estos documentos,
Jesús no es el Hijo de Dios, como se cree,
sino un profeta descendiente del rey David, que se casó con
María
Magdalena y de ella tuvo una hija, Sarah. Cuando Cristo fue
crucificado, María Magdalena huyó a Francia y
allí dio a luz. Con el
tiempo, los descendientes de Jesús se habrían
emparentado con la
dinastía merovingia en Francia y siguen
perpetuándose en la familia de
la protagonista, Sophie, protegidos por los miembros del Priorato, en
espera de poder reclamar sus derechos reales en Francia.
La Iglesia católica conoce desde
mucho tiempo la existencia de esos
documentos secretos, y ha siempre tratado de destruirlos para conservar
su poder.
La novela relata una verdadera “caza
al tesoro” al estilo policial,
en la que la Iglesia - representada en un Obispo del Opus Dei - y los
protagonistas de la novela tratan de descubrir el paradero de los
documentos y apoderarse de ellos.
2.- Una novela
Es importante establecer, desde un comienzo, que
El Código Da Vinci es
una “novela” o sea un género literario
bien específico, que por
definición no es ni historia ni ciencia, y por lo tanto hay
que leerlo
y valorarlo como una novela.
El autor mismo lo deja entender desde la primera
página del libro, con la siguiente afirmación:
“Todas las descripciones de las obras de arte,
edificios, documentos y rituales secretos que aparecen en esta novela
son veraces”.
Quiere decir que todas las otras cosas, o sea los hechos, las tesis,
las interpretaciones, los juicios que se emiten sobre personas,
instituciones, documentos, obras de arte, etc., quedan excluidas
expresamente de la categoría
“veracidad”. Así, por ejemplo, el autor
puede describir en forma correcta la “Ultima Cena”
de Leonardo, pero la
interpretación que hace acerca de los secretos que
encerraría esta obra
de arte resulta gratuitamente fantasiosa.
Que se trata sólo de una novela
resulta evidente por la forma como
concluye la tesis central del libro: la existencia de tres
baúles de
documentos (el Santo Grial) que supuestamente
comprometerían la visión tradicional de la
persona de Jesús y de su doctrina.
En efecto, después de la interminable
“caza al tesoro” al estilo
scout, el autor nos lleva al punto exacto donde se
encontrarían
actualmente estos documentos potencialmente revolucionarios, punto que
es nada menos que un monumento muy conocido, la Pirámide del
Louvre, en
París, “concebida y encargada en la
década de 1980 por la esfinge en persona, Francois
Mitterand”.
Bajo la pirámide yacerían las famosas pruebas que
confirmarían que
María Magdalena fue en realidad la esposa de
Jesús y que destruirían
todo lo que las Iglesias cristianas vienen transmitiendo sobre
Él desde
hace dos mil años.
Pero el autor no se preocupa de explicar
quién pudo colocar allí
esos documentos (¿fue el mismo Presidente Mitterand?),
cómo pudo
transformarse un conocidísimo monumento público
en un escondite
secretísimo, y sobre todo
porqué esos explosivos documentos no se dan a conocer,
porque, en fin de cuentas, todo es una… novela.
En el último capítulo del
libro, Dan Brown aclara, en forma más explícita,
que hay que considerar su historia como una novela.
Así, la misma leyenda del Santo
Grial, que sostiene toda la
narración, aparece lo que es en realidad: una leyenda. Basta
prestar
atención a lo que el autor pone en boca de uno de sus
personajes, Marie
Chauvel, abuela de la protagonista, en las últimas
páginas: “Es el misterio y la curiosidad
lo que mueve a nuestras almas, y no el Grial en sí mismo. Su
belleza está en lo etéreo
(léase: indefinido, intangible) de
su naturaleza. Para algunos, el Grial es un cáliz que les
concedería la
vida eterna. Para otros, es la búsqueda de los documentos
perdidos y de
la historia secreta. Para la mayoría sospecho que se trata
sólo de una
gran idea… un tesoro glorioso inalcanzable que, de alguna
manera,
incluso en nuestro caótico mundo de hoy, nos
inspira”
Además podemos añadir que
las afirmaciones del libro no están
documentadas. La obra no tiene citas al pie de página o al
final; todo
lo que allí se afirma se fundamenta solamente en el hecho
que… el autor
lo dice.
A menos que no se quiere considerar como
fundamento científico el libro de Michael Baigent, Richard
Leigh and Henry Lincoln, The Holy Blood and the Holy Grail,
en el que se inspira la novela de Brown. Pero esta obra,
detrás de un
laborioso aparato científico, junta una multiplicidad
impresionante de
datos disparatados, históricos y menos
históricos, vinculándolos en
forma arbitraria e interpretándolos en una forma muy lejana
al rigor
científico.
Menos todavía podría dar
una base documental a la novela de Brown el opúsculo de
René Chandelle, Más allá
del Código Da Vinci.
Pues, ¿qué credibilidad
científica podría tener este opúsculo
que en su primer capítulo, al hablar de los Evangelios
Apócrifos, afirma: “Hay
multiplicidad de ellos: están los papiros de Nag Hammadi,
los papiros de Qumram y los rollos del Mar Muerto.”?
Pues si es verdad que los papiros de Nag Hammadi
incluyen unos Evangelios Apócrifos,
el autor parece ignorar que los papiros de Qumram y los rollos del Mar
Muerto son la misma cosa, y que esos escritos no tienen ninguna
relación con los Evangelios Apócrifos,
sino son copias
manuscritas de libros del Antiguo Testamento y documentos referentes a
la Comunidad de Esenios, una secta religiosa judía, que
residía en
Qumram antes de la destrucción de Jerusalén. En
ninguno de ellos se
menciona a Jesucristo, en ninguno se habla de
“Evangelio”… Catalogar
esos escritos como Evangelios Apócrifos,
como hace René Chandelle, demuestra una superficialidad
científica tan evidente que impide dar credibilidad a su
opúsculo.
3.- La tesis de la novela
Más allá de los errores
históricos puntuales, hay un tema que es
necesario aclarar, pues constituye la tesis central del libro y
sostiene toda su narración.
Según el autor, la figura de
Jesús, así como la conocemos en la
tradición cristiana, sería el fruto de una
confabulación entre el
emperador romano Constantino y los líderes de la Iglesia
católica en el
siglo IV (325 d.C.), quienes habrían decidido adorar como
Dios a Jesús,
hasta entonces venerado como un simple mortal, para fortalecer su poder.
Para lograr su cometido habrían
destruido la mayoría de los
evangelios que se habían escrito hasta entonces y
habrían editado los
cuatro Evangelios que hoy conocemos, Mateo, Marcos, Lucas y Juan, en
los que intencionalmente habrían subrayado la divinidad de
Jesús y
eliminado sus características más
“humanas”. He aquí algunas
afirmaciones del libro.
“Constantino
encargó y financió la redacción de una
nueva Biblia
que omitiera los Evangelios en los que se habla de los rasgos humanos
de Cristo y que exageraran los que lo acercaban a la Divinidad. Y los
evangelios anteriores fueron prohibidos y quemados.”
“…la Biblia
moderna (lee: ‘Nuevo Testamento’, ya
que el autor no distingue adecuadamente) había
sido compilada y editada por hombres que tenían motivaciones
políticas:
proclamar la divinidad de un hombre, Jesucristo, y usar la influencia
de Jesús para fortalecer su poder.”
Hasta el Concilio de Nicea, Jesús era
para los cristianos “un profeta mortal…”;
en ese Concilio, ordenado por Constantino, se votó y se
decidió que Jesús era Dios. De manera que
“casi todo lo que nuestros padres (léase:
la tradición cristiana de 2000 años)
nos han enseñado sobre Jesús es falso.”
“Por suerte para los
historiadores… algunos de los Evangelios
que Constantino pretendió erradicar se salvaron. Los
manuscritos del
Mar Muerto… los manuscritos coptos
hallados en Nag Hammadi en
1945… esos documentos hablan del ministerio de Cristo en
términos muy
humanos.”
¿Qué valor hay que dar a
esta tesis del autor?
En primer lugar hacemos notar que existen
innumerables testimonios
de los Padres de la Iglesia, anteriores a Constantino, que muestran sin
sombra de duda que la Iglesia desde sus comienzos ha considerado a
Jesús como Dios. Más aún, desde
comienzos del siglo II encontramos
testimonios ajenos al cristianismo que afirman que los cristianos
veneraban a Jesús como Dios. Así hace el
gobernador romano de Asia
Menor, Plinio el Joven (112 d.C.) en una carta al emperador Trajano
(Ep. X, 96). Además sólo el reconocimiento de
Jesús como Dios puede
explicar el martirio de miles de cristianos en las persecuciones
desencadenadas contra ellos durante tres siglos antes de Constantino.
En cuanto a los Evangelios
gnósticos, que supuestamente
probarían, según el autor, que los cristianos
veneraban a Jesús sólo
como un profeta, hay que puntualizar cuanto sigue.
4.- Los Evangelios
gnósticos y su valor
Efectivamente en 1945 en Nag Hammadi (Alto
Egipto) se descubrieron
52 escritos, de distinto tipo, de los primeros siglos de la era
cristiana, entre los cuales se encuentran algunos evangelios cristianos
que no se conocían, pero de los que se sospechaba la
existencia a
partir de los escritos apologéticos de varios Padres de la
Iglesia de
finales del siglo II en adelante: El Evangelio de
Tomás, El Evangelio de Felipe, El Evangelio de la Verdad, El
Evangelio de los Egipcios, El Evangelio de María.
Los manuscritos originales están
escritos en copto (traducción en
caracteres griegos de la lengua egipcia) y se encuentran, desde 1952,
en el Museo Copto de El Cairo; sólo una parte del
Código I se encuentra
en poder de la Fundación Jung en Bélgica. Los
manuscritos han sido
traducidos y publicados en su totalidad por un equipo de
científicos de
diversas naciones y hoy es relativamente fácil encontrarlos
en
bibliotecas especializadas.
Según los estudiosos estos
manuscritos datan del 350 d.C. al 400
d.C.; pero algunos de ellos podrían ser copias de escritos
anteriores,
que deben remontarse a la segunda mitad del siglo II, ya que S. Ireneo,
Obispo de Lión, en su polémica contra los
gnósticos, escribe alrededor
del 180 d.C. que “los heréticos alardean
de poseer más Evangelios de los que realmente existen.”
Pues bien, estos escritos presentan una figura
de Jesús bastante
diversa de la que presentan los Evangelios tradicionales, que son
llamados canónicos (de canon
= regla, pues sirven de
regla para la doctrina cristiana). Jesús parece a menudo un
sabio
oriental, un maestro de vida que guía al conocimiento de uno
mismo y
del universo, más que el Hijo de Dios que vino a salvar al
hombre de
sus males, entregándose por él en la cruz.
Algunos estudiosos han hecho
notar justamente que se podrían muy bien atribuir a Buda las
afirmaciones que Jesús hace en El Evangelio de
Tomás. ‘Jesús el
Viviente’ de los textos gnósticos “habla
de ilusión y de iluminación, y no de pecado y de
arrepentimiento como
el Jesús del Nuevo Testamento. En cambio de venirnos a
salvar del
pecado, viene como guía, para abrirnos el camino del
conocimiento
espiritual.”
Entre otras cosas, hay unas pocas afirmaciones
que muestran a María
Magdalena muy cercana a Jesús y con un rol que no aparece en
los
Evangelios canónicos.
Pero la existencia de estos Evangelios
Apócrifos, en la que se apoya toda la novela de
Brown, es absolutamente incapaz de fundamentar las tesis del autor.
En primer lugar, es falso que fue Constantino
quien, en el siglo IV,
de acuerdo con los líderes de la Iglesia, hizo editar los
cuatro
Evangelios canónicos que hoy poseemos, haciendo desaparecer
los “otros”
Evangelios que no convenían a sus planes
políticos. El autor desconoce
que está establecido históricamente que ya al
final del siglo II la
Iglesia, en medio de las persecuciones de los paganos y de las luchas
con los heréticos, había establecido con claridad
cuáles eran los
Evangelios que ella había siempre reconocido como
transmitidos por las
comunidades de los primeros decenios. Los Evangelios de Mateo, Marcos,
Lucas y Juan figuran como los únicos Evangelios aceptados
oficialmente
por la Iglesia ya en el siglo II, casi 200 años antes que
Constantino
llegara a ser emperador de Roma. Tampoco pudo Constantino cambiar el
contenido de esos escritos sagrados, ya que eran conocidos y
leídos
desde siglos en todas las comunidades cristianas.
En segundo lugar, los más antiguos
Evangelios gnósticos, en el mejor
de los casos, datan de la segunda mitad del siglo II, o sea fueron
escritos 70 u 80 años después de los Evangelios
canónicos, y por lo
tanto son mucho más alejados del Cristo
histórico. Además, según las
mismas afirmaciones de sus autores, los gnósticos daban poca
importancia a la tradición de los Apóstoles, o
sea a la transmisión de
la doctrina y de la figura de Jesús que se hacía
en la Iglesia desde
los primero años, y se fundamentaban más bien en
las supuestas
revelaciones personales que recibían del Espíritu
o de Cristo.
¿Qué figura de
Jesús pueden presentar los Evangelios gnósticos,
mucho más tardíos con respecto a los Evangelios
canónicos, y que se
basan en las revelaciones personales de sus autores?
No nos extraña absolutamente que la
figura de Cristo presentada en
esos escritos sea más cercana a la de un “sabio
oriental”, y se aleje
de la figura de un “Cristo judío”, en
continuidad con la tradición del
Antiguo Testamento, así como es de esperar por el hecho que
Jesús
históricamente fue un judío, y que se
proclamó a sí mismo como el
Mesías esperado por el pueblo judío, como lo
atestiguan aún antiguas
fuentes no cristianas.
Históricamente la tesis central de
Dan Brown no se sostiene
absolutamente, por lo que todas las afirmaciones que él hace
a partir
de esta tesis pierden su valor y se hace inútil refutarlas
una por una.
5.- Las ideas de la “new
age” presentes en la novela.
La importancia de la novela, y tal vez su
éxito, no residen tanto en
los acontecimientos que narra, sino en las ideas que subyacen a la
narración y que interpretan tendencias de pensamiento que
son comunes a
mucha gente.
Por lo tanto, más que centrarse en la
fragilidad histórica y científica de El
Código Da Vinci,
es interesante descubrir en la obra la presencia de estas ideas, que se
encuentran largamente difundidas en el pensamiento religioso y en las
tendencias culturales del nuestro tiempo (“new
age”). El análisis de la
novela realizado desde esta perspectiva demuestra que el autor sabe
captar estas ideas de la cultura actual y las presenta en forma
atractiva para el lector de hoy. Tal vez es éste el secreto
de la gran
aceptación que la novela ha encontrado en el
público en general.
Aquí enunciamos solamente estas
ideas, sin tener la intención de
profundizarlas, para que el lector pueda descubrirlas por su cuenta en
la lectura de la novela.
Una religiosidad vaga, que no
compromete la vida.
La tendencia actual, en campo religioso, es el
alejamiento de la fe
tradicional, que ofrecía certezas e indicaba caminos
concretos y
exigentes de vida, y la búsqueda de una religiosidad abierta
a una
multiplicidad de creencias que tienen en común la vaguedad
y la falta de compromiso con la vida.
Así hoy se va detrás de la
adivinación y de los horóscopos, del
retorno a supuestas “vidas anteriores” y de la
magia; se aceptan, con
el mismo valor, las técnicas de relajación
oriental, el influjo de
fuerzas cósmicas, el tarot, la ciencia ficción,
principios filosóficos,
etc., sin que ninguno de estos elementos comprometa realmente la vida
concreta.
En esta línea, la novela de Brown
prescinde de la fe cristiana, y
aún más denuncia el cristianismo como un fraude,
ignorando sus
innegables aportes al desarrollo de la humanidad, y muestra vagas
nostalgias por las religiones paganas que fueron desapareciendo con su
advenimiento. Lamenta la desaparición del culto a una poco
definida
“divinidad femenina” y describe con
añoranza ritos de fertilidad
cósmicos. Pero toda la religiosidad del autor se queda en
vaguedades
que no comprometen la existencia concreta del hombre.
El Ecologismo y el culto a la
Naturaleza.
Otra tendencia definida de la cultura actual es
el Ecologismo, que
no se refiere solamente al aprecio y defensa de la naturaleza, sino que
se ha vuelto un verdadero retorno al culto a la Naturaleza, entendida
como la Divinidad, la Madre Tierra. Esta doctrina tiende a negar la
diferencia de fondo entre la existencia humana y la no humana. El
cosmos es considerado como animado por un espíritu
único o guiado por
una consciencia universal. Se pierde la noción de un Dios
personal,
realmente distinto y superior al mundo creado y se afirma la existencia
de una fuerza divina impersonal que es todo y está en todo.
Es un
regreso al panteísmo naturalista.
Esta tendencia es muy clara en la novela de
Brown. Todo lo que el autor dice a propósito de la divinidad
femenina tiene
alguna referencia al culto de la “Madre Tierra”
presente en casi todas
las antiguas religiones de carácter naturalistas, en las que
la
fecundidad de la Naturaleza era percibida como un gran milagro, por lo
que la Naturaleza misma y sus fenómenos eran objeto de
adoración.
El feminismo.
El Código Da Vinci es
también una reivindicación feminista.
Se acusa a la Iglesia y al judaísmo de haber presentado una
imagen
masculina de Dios, a expensas de los valores de lo femenino. La figura
de María Magdalena, que ocupa tanta parte en la novela, no
tiene
importancia en sí; su importancia reside en el hecho que,
para el
autor, ella encarna el símbolo de lo femenino. El
peregrinaje a la
tumba de la Magdalena esconde el deseo de volver a los valores
femeninos, que para el autor se fueron perdiendo. “El
péndulo está
en movimiento. Estamos empezando a captar los peligros de nuestra
historia… y de nuestros caminos de destrucción.
Estamos empezando a
intuir la necesidad de restaurar los aspectos femeninos de la divinidad.”
El rechazo de las mediaciones en
las relaciones con Dios.
Una característica propia de la
cultura actual es la tendencia a
refugiarse en una religiosidad individual y personalista. La
religión
se ha vuelto una cuestión de preferencia subjetiva
– lo que a mí me
sirve – sin ningún lazo esencial con la verdad. La
relación con lo
Divino se realiza en forma individual, sin interferencia de
instituciones. Además todas las religiones y todos los
caminos
espirituales son iguales… En esta perspectiva ninguna
institución que
se presente como depositaria de la verdad en campo religioso tiene
validez.
De aquí el alejamiento y el rechazo a
la Iglesia, como medio para relacionarse con Dios, que se observa en la
cultura actual.
El libro de Brown recoge fielmente esta
tendencia a lo largo de toda
la narración, y la expresa con una visión
visceralmente negativa de la
Iglesia, preocupada solamente del poder, y en particular de
algún grupo
eclesial (Opus Dei) del que, en realidad, conoce muy poco.
El interés por lo
misterioso, lo oculto, lo esotérico.
Conviene tener presente también otro
ingrediente propio de la
cultura actual: el gusto casi compulsivo por lo misterioso, la
búsqueda
de lo oculto y lo desconocido: siempre hay algo que se esconde, algo
que no se quiere revelar… Este aspecto es muy bien explotado
por el
autor, al centrar toda la novela en una búsqueda policial de
un
“tesoro” misterioso, inalcanzable, escondido desde
siglos a la mayoría
de los hombres, algo que no se sabe claramente en qué
consiste y que
hay que descubrir descifrando mensajes, siguiendo pistas secretas,
etc., y que no se deja nunca aferrar.
“Es el misterio y la
curiosidad lo que mueve a nuestras almas”, afirma
Marie Chauvel al final de la novela; “A la gente le
encanta la conspiración”, reflexiona
sabiamente Pamela Gettum, la bibliotecaria del King’s College
cuando se trata de investigar sobre el Grial.
Este elemento no es menor para explicar el
éxito de la novela de Dan Brown.